Llegué a Marina porque ella era la psicóloga de la comunidad terapéutica en la que decidí internarme para resolver mi adicción a las drogas. Cuando la conocí no estaba muy seguro del método que usaríamos para rehabilitarme, pero desde la segunda sesión descubrí que el método no era lo más importante en comparación con el carisma y la confianza que ella irradiaba. El sistema podía esperar, porque había encontrado a alguien con quien compartir sentimientos y emociones, algo que realmente me hacía falta.
Con el tiempo me encontré con sorpresas muy gratas. Sentí que, al definirnos una meta en la vida, a veces perdemos la conciencia de todas las maravillas que hay en el camino entre el punto de partida y el de llegada. Cada sesión con Marina fue un lapso de descanso en ese camino, una inyección de energía para continuar buscando lo que había perdido, para continuar buscándome; un lapso para detenernos a observar, a sentir, para recuperarme, no del agotamiento, sino recuperarme a mí mismo de todo lo que había extraviado.
Su labor es difícil de explicar, y en ella hay otros trabajos además de la psicoterapia individual. La terapia cuántica significó un quiebre en mi relación con la vida: sentí que estaba en un trance con dos salidas, quedarme donde estaba o dejarme llevar por la necesidad interna de cambiar y escuchar la voz interior que exigía ser liberada en mi autenticidad. La primera no exigía el más mínimo esfuerzo; la segunda me conducía a conectarme con el dolor que había albergado por tanto tiempo. En esos momentos, los consejos, las preguntas y el afecto de Marina fueron voces que hasta hoy hacen un eco profundo en mi vida.
Me alegro de haberla conocido y espero mantenerme en contacto con ella. Marina es de esas personas que generan efectos positivos en quienes la rodean, y ojalá podamos transmitirlo nosotros también a los nuestros, porque de eso se trata la vida: de hacer algo bueno, integrados.